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lunes, 6 de diciembre de 2010

Paula Ruggeri (audio)

Por Paula Ruggeri.

Anhelo Escalante

Secretos de Convento

Una tarde de sábado, después de mis actividades extraescolares, regresé al dormitorio para cambiarme de ropa. Percibí un chismorreo en el pasillo y fisgoneando vi a unas seis muchachas de espaldas rectas, pechos orgullosos brotando de sus corpiños y piernas rasuradas estirándose carnosas por debajo de sus faldas, que se peinaban el cabello las unas a las otras. Eloísa, mi mejor amiga, estaba allí entre ellas como el juguete nuevo: le habían pintado las uñas, los labios y le hicieron trenzas el cabello. Al unísono reían aleteando sus pestañas y hablaban de tallas. Mi amiga parecía estarla pasando bien, y yo, detrás del muro, me agarraba fuerte el corazón para que no se me cayera a pedacitos. No despegué la mirada del piso, no tengo recuerdo más vivo que el de aquella pesadez imposible de mi cabeza, sencillamente no podía levantarla. Me encerré en el cuarto de regaderas y me paré bajo la sombra del agua tibia. Allí estaba yo, a los doce años, adentro de un cuerpo chistoso. No era una señorita, apenas tenía sentido que usara un sostén; pero tenía algo aquí abajo que parecía tener vida propia: un pellizco de carne rosada. Todas las demás, pensaba, podían pavonearse de estar hinchadas, pero yo tenía algo entre las piernas más interesante de qué platicar, debajo de mis pantaletas queriendo asomarse y que yo, con mis dedos, empujaba para meter a su cueva a dormir. Cuando no conseguía empujarlo suficiente para esconderlo dentro de mis labios menores, lo presionaba despacito para asegurarme no lastimar su rareza. Me había dado cuenta en la regadera que, al empujar mi bolita, sentía el corazón latir más rápido y el estómago me daba un vuelco; una ola calurosa me envolvía de la cintura para abajo y mientras más apretaba las piernas más me olvidaba del mundo. En el segundero del presente, me escapé al ritmo de mis ahogados quejidos en esa regadera, a partir de esa tarde, todos los demás días de mi estancia en el convento.

Por Anhelo Escalante.

Begoña Paz González

Los Amantes

La música suena, la luz cálida difumina sus cuerpos como si de una caricia amorosa se tratase.
Felices y ajenos al mundo, concentrados en sí mismos, se cuidan y se miman los amantes.
Ella, en un impulso de posesión, se sube a horcajadas encima de él, y comienza a besarle y abrazarle mientra él acaricia la espalda de la amazona, tímidamente primero, con firmeza instantes después.
Todo ese amor que les brota se vierte en sus ingles y en sus pechos mientras juegan y se abrazan; se frotan rítmicamente, mientras disfrutan sus risas cristalinas, y sin previo aviso, a ella le recorre una corriente de placer por la columna vertebral; se queda paralizada, como a la expectativa, sin acabar de reconocer lo que acaba de pasar, y acto seguido le abraza fuerte, emocionada.

Por Begoña Paz González.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Susana Moo (audio)

Susana Moo escribe desde el blog
http://www.susanamoo.com/

Eva Márquez

Eva Márquez escribe desde el blog 
http://cosasqnuncatedire.blogspot.com/

A esas noches
en las que todo lo demás no importa
La danza de mi lengua
Adoro cuando me reclinas sobre tu pecho
y el ritmo acompasado del latido de tu corazón
masajea mis sienes.
Cierro los ojos
                               [ los mismos ojos azul infierno
que te convocan a una guerra de descanso.

Adoro el olor almizclado que desprende tu entrepierna
y tienta a las yemas de mis dedos a asomarse de puntillas
y a timbrar a golpe de caricia la puerta de tu faro.
Me dices, que el festín está dispuesto y dejamos
para ayer las sombras de nuestros infieles recuerdos.
Te me dejas mecer entre mis manos -que ya no dedos,
ni yemas a hurtadillas-
y mis manos te danzan un minué autodidacta
recorriendo tu emoción desnuda,
sinónimo de la desnudez de mi ternura.

Tu falo me provoca,
                               [y ahora con los ojos bien abiertos,
me atraganto de gula de ti, me deleito con la torre
de tu exuberancia, mientras el Bulldog de mi avariciosa boca
saliva de angustia por mantenerla marginada del baile.

Adoro cuando el brillar de tus ojos
                               [los mismos ojos verdes pradera
que me incitan a una guerra de capricho,
me sesean la licencia al nirvana de mi boca.
Y al igual que se reprocha a un niño malo
debo sancionarte para evitar tus manos lideren la situación,
pues mi lengua ávida y desatada ha iniciado su propia danza
expresionista agotando tu aliento viril.

Adoro cuando la docilidad de la mujer loba
que habita en mis manos doblega tu voluntad
y vacían ante tu desconcierto la savia salina
que enriquece mi lengua de gato.

Y adoro como nunca,
el plácido sueño al que me envías
con tu cálido abrazo
tras una dura jornada
de trabajo.


*Poema incluido en el poemario “Cuando la lluvia no te alcanza”.

Jorge M. Molinero


Mi madre, la mejor del mundo.
No es porque sean mis hermanas pero
las tres, a cual más guapa.
Mi mujer a la cual no llego
a la altura de sus tacones. Y claro,
mi renacuaja, un sol de niña.

Aunque en mis sueños inmorales,
en mis fantasías lubricadas de ayer y hoy,
no existe, ni nada que se lo parezca,
un Ministerio de Igualdad. Y claro,
en mis quimeras fabuladas de sudor y carne
todas las mujeres son unas putas. Ardientes

putas complacientes a mis perversiones.
Todas unas putas salvo
mi madre
mis hermanas
mi mujer. Y claro,
mi renacuaja, un sol de niña.

Jorge M. Molinero